martes, 8 de agosto de 2017

Inteligencia Emocional-Inteligencia Espiritual





Carlos López
Voluntario del Teléfono de la Esperanza 

Antonio Damasio en su libro “En busca de Spinoza” plantea la siguiente pregunta: ¿Acaso saber la manera en que las emociones y los sentimientos funcionan es importante para la forma en que vivimos? Daniel Goleman considera que la inteligencia emocional representa el 80 por ciento del éxito en la vida.
El término inteligencia emocional explican los expertos, es potenciar el crecimiento integral de la persona en cinco ámbitos: identidad, emociones, cuerpo, mente y vida social. Hoy en día, la neurociencia o la psiconeuroinmunobiología están demostrando, por ejemplo, que una adecuada educación emocional puede ayudarnos a alcanzar nuestras metas personales o que una mala educación emocional nos acarrea diversos problemas físicos que pueden desembocar en una enfermedad. Cualquier decisión que tomamos en nuestra vida tiene un componente emocional determinante. Por eso, no podemos dejar la educación de nuestras emociones a un lado. Las emociones, a fin de cuentas, pueden ser nuestro lastre o nuestro revulsivo.
El sociólogo Zygmunt Bauman nos habla en su libro “Vida líquida” que nuestra manera habitual de vivir, se caracteriza por no mantener ningún rumbo determinado, puesto que se halla inscrita en una sociedad que, en cuanto líquida, no mantiene por mucho tiempo una misma forma. Así, dada la velocidad de los cambios, la vida consiste hoy en una serie de nuevos comienzos pero también de incesantes finales. Lo que define nuestras vidas, es la precariedad y la incertidumbre constante. Hoy en día, las personas estamos expuestos a mayores influencias que hace unas décadas: WhatsApp, las redes sociales, las comunicaciones… Hoy más que nunca todo parece más inestable, más pasajero; todo cambia en cuestión de un clic. A diferencia de otras revoluciones tecnológicas, la de la “tecnología social” implica nunca estar solos y nunca estar aburridos. La socióloga Sherry Turkle del MIT describe esto como “la intolerancia a la soledad”. Esto implica estar desatentos a las personas que tenemos alrededor para conectarnos con el mundo virtual. Cabe preguntarnos ¿Cómo hacer frente a un mundo en cambio, que al tiempo es cada vez más exigente?   
Según Victor Frankl  “cada época tiene sus neurosis y cada tiempo necesita su psicoterapia. En realidad hoy no nos enfrentamos ya, como en los tiempos de Freud con una frustración sexual, sino con una frustración existencial. El paciente típico de nuestros días no sufre tanto, como en los tiempos de Adler, bajo un complejo de inferioridad, sino bajo un abismal complejo de falta de sentido, acompañado de un sentimiento de vacío, razón por la que me inclino a hablar de un vacío existencial”.
Hace más de un siglo Nietzsche en el libro “Así hablo Zaratustra” lanzó un grito de advertencia del nihilismo: “El desierto está creciendo. Desventurado el que alberga desiertos. Nietzsche se refiere no al  desierto de la tierra que lamentablemente es ya una realidad, sino lo que avanza es el desierto del espíritu, el empobrecimiento progresivo de la vida humana, de la aridez de las relaciones humanas. Nuestra época con sus prisas está produciendo una sociedad muy despojada de toda transcendencia, como dice Gastón Soublette  “el hombre no  tiene tiempo de ser humano”. Hemos querido facilitar la vida con la tecnología, sin embargo hemos terminado siendo esclavos del tiempo y de la tecnología.  
Las personas hemos perdido ese viejo horizonte sagrado en el que se veía al mundo como un bien común del que nadie debía estar desterrado.
Quizás la solución sea volver a conectar con uno mismo como señala el psicólogo Ken Wilber, no podemos olvidar que todas las escuelas de psicología profunda afirman que los desórdenes mentales consisten en la desconexión de los propios estados internos o como sugiere el psicólogo James Hillman en su libro “Hemos de recuperar el alma”. Es interesante tener en cuenta la raíz etimológica de las palabras psiquiatría y psicología, ambas provienen del griego  “psyche” que es alma, la esencia intangible de la vida. Sin embargo ambas ciencias se han movido en torno a una polaridad básica: cerebro símbolo de lo medible y objetivo, y mente, símbolo de lo introspectivo y lo subjetivo. Mercedes Nasarre (psiquiatra) en el libro “Mindfulness y Cristianismo” dice:hoy día todo debe ser explicado a la luz de la ciencia y de la razón. Hoy sabemos por la neurociencia que no  hay un “Yo” que esté ahí, sino que todo es una historia que el cerebro crea. Somos muchas cosas, información genética, una historia familiar, una cultura, una biografía, unas creencias y un cerebro que graba y se cuenta lo que vive”.
El Profesor Abraham Maslow en su famosa ‘Pirámide de las necesidades humanas’, expuesta en su libro Una teoría sobre la motivación humana” (1943), colocó el término “autorrealización” en la cúspide. La autorrealización, para este autor, es un estado espiritual en el que el individuo emana creatividad, es feliz, tolerante, tiene un propósito y una misión de ayudar a los demás a alcanzar ese estado de sabiduría. Es a través de su satisfacción que se encuentra una justificación o un sentido válido a la vida, mediante el desarrollo potencial de una actividad. Fue un precursor de lo que ahora denominamos inteligencia espiritual.




Los Dres. Danah Zohar e Ian Marshall vinculan el concepto de “espiritualidad” con el de “inteligencia”. Una de las formas en que definen a la Inteligencia Espiritual es como aquella “…inteligencia con la que afrontamos y resolvemos problemas de significados y valores, la inteligencia con que podemos poner nuestros actos y nuestras vidas en un contexto más amplio, más rico y significativo”.
Ahora bien, cuando la realidad sólo es válida si funciona como espectáculo, si se puede fotografiar o si se puede grabar,  cada vez es más necesario el retorno a un mundo de calidez, de generosidad y de gratuidad. Ante los halagos del hombre moderno a la realidad virtual, San Juan de la Cruz nos propone el Estado de Presencia en  los versos “Poemas del alma”:

Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.


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